La idea de realizar el Camino de Uclés surgió cuando vi ese monolito junto a mi casa. Pensé que era una buena distancia para resarcirme de mis últimos revolcones en los "100 kilómetros". Lo haría a mi aire, por mí y para mí.

Me encamino hacia la Vía Verde del Tajuña, por la que transcurren los primeros kilómetros del camino. Sonrío, me siento feliz comenzando esta aventura.

Dejo atrás las luces de Arganda y la oscuridad me envuelve. Miro al cielo y la luna en cuarto menguante y un mar de estrellas me saludan. No enciendo el frontal, la tenue claridad de la luna y las estrellas son suficientes para ver el camino y avanzar con seguridad.

La subida hasta la cementera la hago trotando y andando a buen ritmo. No quiero gastar fuerzas que después me harán falta. Rodeando la cementera de Morata un susto, por mirar el reloj me salgo de la vía y me tuerzo el tobillo. Momentos de "acongoje" hasta que noto que todo sigue en orden.

Bajo ligero hasta Morata. Llego con 12 minutos de adelanto sobre lo previsto. Recargo agua, como unos frutos secos y salgo hacia Perales. Llevo 16 kilómetros y esto no ha hecho más que empezar.

Camino de Perales me sorprende el amanecer. Disfruto con los tonos rojizos del horizonte y el frescor matutino. Llevo buen ritmo mientras me cruzo con algún lugareño que me mira con estupor. No les culpo, yo haría lo mismo en su lugar.

Llego a Perales y repito ritual, recargo agua y como un poco. Antes de salir de Perales busco un camino apartado y dejo un ‘regalito’ (momento ‘bífidus’). Noto la ligereza recién ganada y me animo a seguir sumando kilómetros. Ya llevo 25.

Sólo 6 kilómetros me separan de Tielmes. Sigo a paso vivo pero sin forzar pulsaciones ni esfuerzo muscular. Me siento bien pero sé que esto es muy largo.

En Tielmes no paro, no he consumido agua y en Carabaña me esperan refuerzos con vituallas. Llevo 25 minutos de adelanto sobre el tiempo calculado y pese a ser algo orientativo eso me da confianza y energía para seguir. 31 kilómetros en las piernas.

Son las nueve de la mañana y el sol luce con fuerza. Me da en la nariz que voy a pasar calor dentro de poco. La pista tiene continuos toboganes mientras me acerco al cruce la Vía Verde del Tajuña con la del Tren de los 40 días que me llevará hasta Estremera.

Camino de Uclés | Alberto Barrantes

Llego a Carabaña casi con bastante adelanto sobre lo estimado pero mi familia ya está esperando. También está José Luis Basalo, que me va a acompañar hasta Estremera. Primer nudo en la garganta.

Hago una parada más larga de lo previsto, no hay prisa. Me quito algo de ropa, bebo y repongo agua. Llevo 38 kilómetros en 4 horas y media. Esto marcha pero lo que viene ahora es duro. 15 kilómetros al sol y con una subida constante.

Me despido de mi familia. Salimos camino de Estremera. Marco el ritmo y mientras nos contamos ‘batallitas’. Entre historias y risas los kilómetros pasan más deprisa. Aun así estos hacen mella en las piernas.

Pasada la mítica cifra del kilómetro 42 están José, Clara y Jesús en medio del camino con agua fresca que se agradece a estas horas. En momentos así sabes quiénes son tus amigos realmente. ¡Gracias!

Seguimos a buen ritmo, pero los kilómetros ya se notan en el ánimo. Los últimos 5 kilómetros de bajada hasta Estremera se hacen duros por el calor. La perspectiva de una parada más larga y de ver a mi mujer y al resto de mi familia hace que continúe.

Llego a Estremera y, pese a tener a los mío, paso el momento más crítico de la carrera. Llevo 53 kilómetros y noto cierto mareo y malestar general (como en los anuncios de antigripales).

Mi mujer me lo nota y me anima. Paso unos minutos pensando en si merece la pena seguir, si estoy así en 50 kilómetros… ¡Ufff! Entonces dejo de pensar en eso, empiezo a hacerme las preguntas correctas: ¿De verdad estoy tan mal? ¿Realmente quiero dejarlo? ¿Es malestar físico o una mala pasada de mi cabeza? Estás, otras preguntas y las respuestas que me doy, me ayudan a pasar el mal rato y a sacar de mi cabeza malos pensamientos.

Una vez recuperado mentalmente, me limpio los pies y me cambio de calcetines, zapatillas y ropa. Como un par de sándwiches y bebo en cantidad, el próximo tramo será durísimo. Casi 30ºC y ni una sombra.

Dejo Estremera y engancho una pista ancha de tierra y piedra suelta. Se acabó la Vía Verde, toca correr por caminos, senderos y alguna carretera. Cuando llevo unos 400 metros me encuentro con un motorista que me resulta conocido. ¡Es Eloy! Un amigo que me está buscando para saludarme y darme ánimos.

La pista ha dado paso a un camino por la antigua vía del tren. Un auténtico horno que cruza por varios túneles abandonados. Hace mucho calor y solo pienso en llegar a la zona de la destilería para descansar.

Antes de llegar cruzo el Tajo y afronto la subida hasta el lugar en el que habíamos decidido quedar con Javier y Ángeles. Javier me acompañaría los últimos kilómetros hasta Uclés.

La sombra y la brisa que me recibieron me dieron la vida. Me tumbe, bebí y comí algo ligero. Ya llevaba 61 kilómetros y ahora tocaba afrontar el calor de la tarde.

Una vez recuperado el aliento y algo descansado, salimos camino de Barajas de Melo. 18 kilómetros por delante a través del mayor secarral que he recorrido en mi vida, aunque eso aún no lo sabíamos.

Tras unos kilómetros de subidas y bajadas encaramos una pista ancha y recta que se perdía en el horizonte. A la izquierda monte bajo pelado y a la derecha campos y campos de cebollas. El sol pegaba de lado y yo tenía la oreja como Nikki Lauda.

Trotábamos y andábamos para no gastar demasiadas energías, quería evitar un desgaste mayor con tanto calor. Los kilómetros caían más rápido que lo que había pensado. Si no hubiera estado Javi a mi lado no hubiera podido hacer esa parte del camino. Mentalmente me hubiera machacado.

Atardecer llegando a Uclés | Alberto Barrantes

A unos 11 kilómetros de la destilería, nos esperaban nuestras chicas con el coche y la autocaravana. Hicimos otra parada larga para recuperar, daba igual, lo importante era llegar a Uclés, no el tiempo.

Llegando a Barajas, sabía que llegaría a Uclés si no pasaba nada raro. Pese a la confianza en acabar el reto, los 7 kilómetros siguientes se me hicieron eternos. Llegué a Barajas con los pies destrozados y muy fatigado.

Las fuerzas y la moral regresaron gracias a un barreño de agua con sal para los pies, un sobre de Total Recovery de Victory Endurance y 40 minutos de descanso. Sólo quedaban 25 kilómetros.

Preparados para la noche salimos camino de Huelves. Una "cuestaca" de dos kilómetros nos llevó a una de las partes más espectaculares del camino. Una Cruz De Santiago, una puesta de sol y las vistas sobre los campos circundantes. Paramos y saboreamos el momento. Sólo por algo así ya merecía la pena todo el esfuerzo realizado.

La noche nos atrapó mientras trotábamos por un precioso paisaje de monte bajo, olivos, encinas y campos de cebada segados sólo con el sonido de los grillos y nuestros pasos.

Con los frontales encendidos nos cruzamos con palomas y con algún zorro que nos miraba antes de alejarse al trote. Huelves apareció tras un cerro y buscamos el refugio de la caravana para hacer la última parada antes de Uclés.

‘Sólo’ quedaban 12 kilómetros. Descansamos demasiado para mis maltrechas piernas y mis doloridas a la par que rozadas nalgas. El primer paso al arrancar me dolió como ningún otro. Tenía las piernas de corchopan y el roce del pantalón me hacía ver las estrellas.

Enfilamos una carretera que subía y subía y subía. Me sorprendí a mí mismo volviendo a trotar pese al cansancio y a los diversos dolores.

La alegría duró poco, la zona de carretera dio paso a una subida que me mató. Subimos más de kilómetro y medio por un camino 'pestoso' de piedra suelta. Mis pies se acordaron de todos mis ancestros.

La euforia se vio empañada por el rodeo que tuvimos que dar para llegar al Monasterio de Uclés. Tienes el monasterio al alcance de la mano pero el camino gira a la derecha, luego a la izquierda y luego baja para subir una última cuesta de 700 metros que te deja sin aliento.

Habían pasado algo más de 19 horas desde que había salido de Arganda y ahí estaba, llegando a la explanada frente al monasterio. Sonreí y se me empañaron los ojos. Miré al suelo y después al cielo. Lo había conseguido.

Estoy orgulloso de haberme enfrentado a mis miedos y de haber superado mis limitaciones (que no mis límites) y sobre todo de haber conseguido reunir con la ayuda de muchos amigos solidarios más de 2000 kilos de comida para el Banco de alimentos de Madrid.

Gracias a todos los que me habéis apoyado y acompañado en este camino tan especial.