Cuando estás en mitad del paseo marítimo en busca de un lugar para comer con tu suegra, dos niños pequeños, tres adolescentes, tu cuñado, tus sobrinos y la hija de la vecina a la que os habéis encontrado, el buffet libre es tu única (y económica) salvación. Hay una gran variedad de alimentos y puedes comer todo lo que quieras pagando un precio fijo de antemano. ¿Quién podría resistirse a algo así?

Sin embargo, el problema está en que los buffet libres han ‘digievolucionado’ (como los Pokemon) negativamente desde que se inventaron allá por el siglo XVIII en Francia. En sus orígenes, estos consistían en banquetes en los que la comida se servía en aparadores junto a una cubertería para que los comensales mezclaran los alimentos a su gusto y comiesen lo que les apeteciese.

Y hasta pueden ser más apetecibles que un solo plato. | Wikipedia

Como podréis imaginar, en aquella época casi todos los alimentos del buffet eran frescos y no estaban fritos. Pero el tiempo pasa y la cocina ‘low-cost’ encontró en la freidora a su nueva mejor amiga.

Y lo que antes eran buffet de comida medianamente decente, ahora son bandejas de grasas y fritos a tutiplén esperando a encontrarse con tus arterias. Que sí, que habrá buffet de todo tipo, pero la mayoría basan su negocio en la premisa de “come todo lo que puedas” en lo que parece más bien un anuncio de un concurso americano de engullir perritos calientes y no el de dar a conocer un local gastronómico.

¿Qué peligros nos encontramos en los buffet libres?

El primero y más peliagudo es el de la cantidad ilimitada de comida. Poco importa que solo comas ensalada y pechuga de pollo si al final te juntas con cinco de la primera y has repetido cuatro de la segunda. El siguiente contratiempo es la bebida. Proveniente de los Estados Unidos, muchos de nuestros restaurantes han adoptado el método del ‘refill’ que consiste en pagar solo la primera bebida y el resto de las consumiciones son gratis.

Esto se traduce en bebida refrescante viene, bebida refrescante va sin ningún tipo de control. Y el último, pero no menos importante, es el tiempo. Nuestra mente relaciona buffet con comer rápido porque, por normal general, son locales bulliciosos en los que la gente corre de un lado para otro buscando la nueva remesa de croquetas.

¿Cómo enfrentarnos a él con dignidad y salud?

Antes de entrar en el buffet debes tener muy claro que no vas a comer ‘todo lo que puedas”. O por lo menos no deberías si no quieres salir de allí cual pelota hinchable. Por eso, y porque queremos que mantengas la línea, he aquí el manual del perfecto comensal en un buffet libre:

1.- Date un paseo por las mesas

Como los novios en las bodas. Igual. Antes de coger el plato y empezar a servirte, mira todo lo que ofrece el buffet. ¿Acaso te compras la primera chaqueta que ves nada más entrar en la tienda? Pues eso.

2.- Piensa qué te apetece comer y hazte un menú mental

Sea el que sea, no te salgas de él. Una ensalada de pasta, un filete de ternera o pollo, fruta, café y un helado (que para algo estás de vacaciones) podría ser una buena elección. Si decides comer plato único, perfecto, pero no repitas.

3.- Evita pastas, fritos, rebozados y salsas

El cuarteto más peligroso de cualquier dieta sana que se precie. El problema de estos es que ocupan el 80 % de la oferta gastronómica del buffet y requiere de gran fuerza de voluntad no acercarse a ellos. Inténtalo o dile adiós a tu six-pack.

4.- Agua, por favor

Aunque comas sano, en los buffet libres suelen cocinar con bastante aceite y productos congelados que meten directamente en la freidora. ¡Hola colesterol! Una buena manera de no hincharnos y de contrarrestar esa grasa es bebiendo agua. Huye del alcohol y de los refrescos gaseosos como alma que lleva el diablo.

5.- Compartir es vivir

Si tienes un mono tremendo por comer gambas rebozadas, lasaña, croquetas, patatas fritas, calamares, etc., lo mejor es que pongáis unos aperitivos al centro. Sí, puede parecer ridículo, pero mejor que sirvas unos macarrones con queso para todos cual aperitivo que para ti solo. En serio, mucha gente lo hace. No es tan raro. No te cortes.

6.- Come en plato de postre

Si has decidido que pasas de mis consejos, por lo menos sírvete raciones pequeñas. El daño será menor.

7.- No mires el reloj

Sé que quieres volver a la playa a echarte la siesta debajo de aquella palmera, pero las prisas no son buenas y menos cuando la comida no está siendo del todo saludable. Da bocados pequeños, mastícalos bien y no tardes menos de una hora en levantarte de la mesa.

8.- Una infusión para terminar

¿Un té en verano? Pues sí. Y mejor si es una manzanilla porque te ayudará a hacer la digestión.

Y recuerda, no estás en un concurso. Come con cabeza.