UNA TEORÍA PUESTA EN DUDA

UNA TEORÍA PUESTA EN DUDA

La dieta del ADN: ¿te ayudan realmente a adelgazar tus genes o es un bulo?

Según este régimen es posible determinar cuáles son los alimentos que más te engordan en función de tu cadena molecular. Un estudio de la Universidad de Stanford lo pone en entredicho

¿Existe la dieta del ADN?
¿Existe la dieta del ADN? | Agencias

Hollywood y las series de ciencia ficción –y no tan ficción– han mostrado al mundo la enorme utilidad que se esconde detrás de un análisis de ADN: basta con un poco de sangre para dar con un truculento asesino o un simple cabello para demostrar la presencia de un sospechoso en la escena de un crimen. Ahora, tras las siglas del ácido desoxirribonucleico podría encontrarse un efectivo método para adelgazar… ¿o no?

Hasta el momento, la conocida como ‘dieta del ADN’ había basado su teoría en que, con una simple muestra de la cadena molecular de una persona –fácilmente localizable en la saliva, la sangre o el pelo–, era posible determinar los alimentos que inducían al engorde de los protagonistas del análisis. Dicho en otras palabras, con un sencillo test de ADN se podría identificar los productos que habría que alejar del plato para conseguir perder esos kilos de más.

Sin embargo, un reciente estudio de la Universidad de Stanford (California, Estados Unidos) ha puesto sobre la mesa el debate: la dieta del ADN no es concluyente para asegurar una pérdida de peso. Según el análisis –titulado por los científicos como DIETFITS– es imposible determinar cuáles serían los alimentos que hay que dejar fuera de menú.

Así se realizó el estudio

Para llevar a cabo este estudio, la Universidad de Stanford dividió a los 609 participantes del estudio –todos con sobrepeso– en dos grupos. La partición se realizó completamente al azar y separó a los voluntarios entre los que seguirían una dieta baja en carbohidratos y los que llevarían un régimen basado en la disminución de las grasas. Tras 22 horas de formación, DIETFITS dejó claro que no era posible vincular el genotipo personal de cada participante con la dieta que había seguido durante la prueba.

Si bien es cierto que las dietas deben ser lo más personalizadas posible para ajustarse a las necesidades de cada uno, no hay que confundir el término ‘personalizadas’ con la seguridad de que se puede determinar qué hay que comer –o no– para que los michelines formen parte del pasado.

Es cierto que todos los participantes en el estudio perdieron peso: el grupo de la dieta baja en carbohidratos perdió 6 kilos de media en los 12 meses que duró la prueba, mientras que el conjunto del régimen bajo en grasa redujo su peso en 5 kilos.

A pesar de lo que pueda parecer en un principio, esta rebaja de grasa corporal no vino motivada por el perfil genético que se había hecho de los participantes sino que, según DIETFITS, el mero hecho de reducir el consumo de alimentos potencialmente calóricos ayudó a las 609 personas a bajar su porcentaje de grasa.

Elemental, querido Watson

Después de estudiar los 609 perfiles genéticos y augurar un posible resultado –por ejemplo, que un voluntario con genes poco tolerantes con la grasa perdería menos peso si reducía su ingesta de carbohidratos que si rebajaba la cantidad consumida de lípidos–, DIETFITS concluyó que la también llamada ‘dieta del genotipo’ no era capaz de determinar qué alimentos eran más efectivos para adelgazar en cada uno de los casos.

La reflexión del estudio resulta de lo más elemental: si se sigue una dieta baja en grasas o baja en carbohidratos se perderán kilos, independientemente del perfil genético que se tenga. No cabe duda de que si se reduce el consumo de hidratos o se dejan a un lado los lípidos, el cuerpo responderá ante la rebaja calórica aportada y ‘tirará’ de las reservas que haya ido acumulando en forma de grasa –provocando la consiguiente pérdida de peso–.

Los defensores de la dieta del ADN se escudan en la pincelada de ciencia que respalda su propuesta: en algunos casos es cierto que la mutación de los genes puede influir en la facilidad para asimilar los alimentos. Por ejemplo, si se registra una alteración del gen AMY1, es posible que nuestra capacidad de generar la enzima que ayuda a digerir los carbohidratos –llamada amilasa– sea menor y, por eso, tendríamos que comer menos biomoléculas de este tipo al tolerarlas en menor grado.

En resumen, puede afirmarse que se impone la lógica y el sentido común: si la dieta que seguimos es saludable y no nos saltamos ninguna parte del régimen, la pérdida de peso está asegurada independientemente de nuestro ADN.

Renza Titti | @Correryfitness | Madrid | Actualizado el 17/07/2018 a las 13:23 horas

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